Vuelvo a ver Interstellar cada uno o dos años. La primera vez me fijé en el agujero negro, como casi todo el mundo. La segunda, en el polvo. La tercera, en la ecuación de la pizarra del profesor Brand. Esta última vez, doce años después del estreno, me pasó algo más raro: dejé de verla como ciencia ficción.
No quiero contar la película. La cuentan otros. Quiero contar lo que me sigue volando la cabeza —la física real que hay debajo— y por qué cuando hay calima en Galicia y el cielo se pone naranja, me acuerdo de ella.
Una hora en Miller, siete años fuera
El truco de Miller, el primer planeta que visitan, no es una metáfora bonita. Es relatividad general empujada al filo. Una hora en la superficie equivale a 7,07 años fuera. Eso significa un factor de dilatación temporal de unos 61.000.
Para que eso pase, el planeta tiene que estar orbitando Gargantua casi sobre la ISCO —la órbita circular estable más interna posible— y Gargantua tiene que girar a velocidad casi máxima. Kip Thorne, que asesoraba la película, hizo las cuentas en serio. Para que Miller pudiera existir físicamente, sin caer, calculó que el parámetro de spin del agujero negro tenía que ser
a/M ≈ 1 − 1,3 × 10⁻¹⁴
Un Kerr casi-extremo. Si Gargantua girara más despacio, la ISCO se aleja del horizonte y no hay órbita estable tan cerca; si girara exactamente al máximo (a/M = 1), la geometría se rompe y aparecen patologías —conos de luz cerrados, singularidades desnudas— que la conjetura de censura cósmica nos dice que no deberían existir. Es de esos números que sólo aparecen cuando empujas un experimento mental hasta lo último que la teoría te deja.
Y luego está la ola. Esa montaña de agua que les arrolla. No es una ola: es una marea. Gargantua tira tan fuerte de un lado del planeta que el océano se queda casi quieto respecto al agujero negro, mientras el planeta gira por debajo. Lo que ves no es agua moviéndose: es el suelo del planeta girando bajo dos protuberancias de marea que ya estaban ahí. Física de mareas a una escala que sólo tiene sentido cuando el cuerpo central pesa cien millones de soles.
El agujero negro que se renderizó solo
El otro detalle que me parece de los mejores de la historia del cine reciente es éste: la visualización de Gargantua no la hizo un artista. La hizo un código.
El equipo de Double Negative escribió un renderizador llamado DNGR (Double Negative Gravitational Renderer) a partir de las ecuaciones que les pasó Thorne. En vez de trazar rayos de luz rectos, trazaban geodésicas nulas en la métrica de Kerr. Cada fotograma del agujero negro requería miles de horas de CPU.
Y aquí viene la parte bonita. Cuando renderizaron Gargantua, vieron algo que no esperaban: el disco de acreción aparecía simultáneamente encima y debajo del horizonte, como un sombrero doble. Eso pasa porque la luz del disco da una vuelta entera alrededor del agujero antes de llegarte. Ves la cara superior por delante, y la cara inferior —que viaja por detrás del agujero y emerge por arriba— montada encima. No estaba en ningún libro de texto astrofísico. Era una predicción nueva, y salió de hacer una película.
Thorne, James, von Tunzelmann y Franklin lo publicaron en Classical and Quantum Gravity en 2015. Un año después, LIGO detectaba ondas gravitacionales por primera vez. Cinco años después, el Event Horizon Telescope nos enseñaba M87*. En 2022, Sgr A*. Las imágenes reales son mucho menos espectaculares —menos resolución, menos contraste— pero el principio físico es el mismo. Lo que en 2014 era CGI con ecuaciones serias, en 2022 era una fotografía.
El polvo
Aquí la película deja de ser entretenimiento.
La trama no la mueve la astrofísica. La mueve la agricultura. El blight, esa plaga que va saltando de cultivo en cultivo, no es una fantasía: es una extrapolación honesta de cómo funcionan las plagas en una agricultura globalizada y genéticamente uniforme. El Fusarium oxysporum f. sp. cubense raza TR4 lleva décadas matando bananos Cavendish —que son, en términos prácticos, un solo clon repetido en todo el planeta— y ya cruzó a América Latina en 2019. El Ug99, la roya del trigo descrita en Uganda en 1999, sigue mutando y rompiendo resistencias en variedades comerciales.
Cuando todo el mundo planta lo mismo, un solo patógeno bien afinado lo borra todo. La película no inventa: termina la frase.
Y el polvo. Nolan abrió la película con testimonios reales de supervivientes del Dust Bowl de los años treinta. La gente que habla al principio no es de la película: son ancianos de Oklahoma y Kansas. Yo vivo en Ribeira y hay primaveras en las que el cielo se pone naranja durante días por la calima sahariana. No es un Dust Bowl, todavía. Pero es la misma sintaxis.
El final que todo el mundo odia
La parte de la película que más gente odia es el tesseract. Los libros que se mueven, el "amor como quinta dimensión", Cooper hablando con su hija a través de una estantería desde dentro de un agujero negro. A mí, físicamente, me parece de las cosas más interesantes que ha hecho una película comercial.
La idea de fondo es brane cosmology. En modelos tipo Randall-Sundrum, o en escenarios derivados de teoría de cuerdas, nuestro universo de tres dimensiones espaciales sería una "brana" flotando en un espacio de más dimensiones, el bulk. La gracia del modelo es ésta: casi todas las fuerzas —electromagnetismo, nuclear fuerte, débil— están atrapadas en la brana. La gravedad no. La gravedad puede filtrarse al bulk, y eso explicaría algo que llevamos un siglo sin entender: por qué la gravedad es absurdamente débil comparada con las otras fuerzas. El protón y el electrón se atraen eléctricamente unas 10³⁹ veces más de lo que se atraen gravitatoriamente. Esa diferencia, en física, no es un detalle: es el hierarchy problem. Y una de las soluciones serias sobre la mesa es exactamente que la gravedad esté diluyéndose en dimensiones que no vemos.
Si aceptas esa premisa, entonces algo que viva en el bulk podría manipular sólo gravedad sobre nuestra brana. No luz, no sonido, no electromagnetismo. Sólo gravedad. Que es exactamente lo que pasa en la habitación de Murph: los libros se caen, la arena dibuja patrones, el segundero del reloj tiembla. Todo gravitacional. Todo coherente con la premisa.
¿Que es especulativo? Sí. ¿Que el "amor" no es una quinta fuerza? Obvio. Pero el mecanismo físico que propone la película —comunicación gravitacional desde un bulk de mayor dimensión— no es magia. Es una hipótesis publicable.
Doce años después
Cuando salió la película yo era espectador. Cooper era un señor que se iba al espacio para salvar a su hija. Hoy ese reparto se ha movido. Los climatólogos, los investigadores agrícolas, los ingenieros que firman cartas que nadie lee, los chavales que han decidido no tener hijos: esa gente es Cooper. No están cruzando un agujero de gusano, pero están en el granero, con el polvo entrando por la ventana, intentando dejarle un mensaje a una hija que aún no sabe leerlo.
A mí la película hoy ya no me parece ciencia ficción. Me parece un manual de instrucciones escrito con doce años de margen. La física es real —rigurosa, casi excesiva—. El polvo es real. Las escuelas que reescriben los libros también son reales. Lo único que todavía nos falta es alguien que sepa pilotar la nave.
Y eso, francamente, depende de nosotros.
Inicia sesión para votar este artículo.