Hay una imagen que me persigue desde hace años. La vi por primera vez de niño, en un documental que ponían los sábados por la tarde: una tortuga marina recién salida del huevo, arrastrándose hacia el océano. Cada paso suyo dejaba una marca en la arena. No era una metáfora todavía —yo era demasiado pequeño para esas cosas—, pero algo se me quedó dentro. La tortuga avanzaba porque empujaba la arena hacia atrás. Sin esa arena cediendo bajo sus aletas, no habría llegado al mar.
Tres siglos antes, un inglés flaco y obsesivo había escrito esa misma idea en latín, con la precisión brutal que le caracterizaba: Actioni contrariam semper et æqualem esse reactionem. A toda acción se opone una reacción de igual magnitud y sentido contrario. Es la tercera ley de Newton, la menos celebrada de las tres, quizá porque parece la más obvia. Y sin embargo, si uno se detiene a pensarla, es la que esconde el secreto más incómodo de la física: nada se mueve gratis.
Para avanzar, hay que empujar algo en dirección opuesta. Para empujar algo, hay que dejar que algo empuje contra ti.
Newton lo formuló pensando en bolas de billar y planetas, pero el universo se encargó de aplicarlo a todo lo demás. Cuando caminas, no eres tú quien se desplaza hacia adelante; es la Tierra la que te empuja. Tú aprietas el suelo hacia atrás con cada pisada —apenas unos micrones, claro—, y el planeta entero, sólido como un yunque, te devuelve el favor lanzándote en la dirección contraria. Si pisaras hielo, no avanzarías. Lo intuimos todos los inviernos. Si pisaras el vacío, tampoco. Por eso los astronautas en órbita no caminan: flotan en una caída perpetua donde nada empuja contra nada.
El cohete que los lleva allá arriba es la metáfora hecha máquina. Un cohete no "sube" en el sentido en que uno lo piensa. Un cohete tira gas hacia abajo a velocidades absurdas, y por hacer eso, el gas tira al cohete hacia arriba. Toda la elegancia de un Saturno V, toda la épica del programa Apolo, todo el viaje a la Luna se reduce a una idea brutal: para subir, hay que tirar algo abajo. Cuanto más alto quieras llegar, más combustible tendrás que quemar y soltar. Cerca del 90% del peso de un cohete en la rampa de lanzamiento es combustible. El 90% del Apolo 11 fue, literalmente, lo que dejó atrás.
Aquí es donde Newton, sin proponérselo, se vuelve filósofo.
Conocí hace años a un hombre que llevaba dos décadas intentando escribir una novela. La tenía empezada, retocada, reescrita mil veces. Vivía en su casa como un mueble más, ocupando un cajón del escritorio y otro de su cabeza. Un día, en una conversación tonta sobre otra cosa, me confesó que no podía terminarla. ¿Por qué?, le pregunté. Se quedó callado un rato largo. Y luego dijo algo que no he olvidado: porque si la termino, ya no soy el tipo que está escribiendo una novela. Soy el tipo que escribió una novela mediocre. Prefería el peso del proyecto antes que la ligereza —incómoda, expuesta— de soltarlo.
Eso también es la tercera ley. Para terminar la novela, tenía que renunciar a ser el aspirante a novelista. Para ser padre, hay que renunciar a ser hijo del todo. Para mudarse de ciudad, hay que dejar amigos en otra. Para amar a alguien, hay que dejar de amar a quien fuiste cuando no lo conocías. No hay forma de avanzar sin combustión. Y combustión, en física, significa exactamente lo que parece: algo se consume para que otra cosa se mueva.
A los místicos esto les sonaba familiar mucho antes de Newton. Los budistas hablaban del desapego; los cristianos, del morir para vivir; los estoicos, del premeditatio malorum, esa práctica de imaginar las pérdidas antes de tenerlas para no quedarse paralizados cuando llegan. Todos, a su manera, estaban describiendo cohetes. Vidas que solo despegan si sueltan masa.
Lo curioso es que la física no es cruel en esto. Es generosa. La tercera ley no dice exactamente para avanzar tienes que perder; dice algo más sutil. Dice que toda fuerza que aplicas al mundo te aplica algo a ti. Que el mundo te responde. Que no estás solo empujando contra el vacío. Cuando un nadador olímpico empuja el agua hacia atrás con la palma de la mano, el agua le empuja a él hacia adelante con la misma fuerza exacta —ni un poco más, ni un poco menos—. El universo, en ese sentido, es justo de una manera implacable: tan justo que no te perdona si dejas de empujar, pero tan justo que te responde siempre que lo haces.
A veces pienso que los seres humanos somos cohetes mal diseñados. Cargamos con combustible que nunca quemamos —rencores, identidades caducadas, miedos que ya no tienen objeto—, y nos preguntamos por qué no levantamos vuelo. La respuesta es vergonzosamente simple, y Newton la sabía hace trescientos años: nadie despega cargado. La masa que no se suelta es masa que tira hacia abajo.
Hay una última cosa que me gusta de esta ley, y es que no admite excepciones. No hay objetos que avancen sin empujar nada. Ni uno solo. Ni en el laboratorio, ni en el espacio interestelar, ni dentro de un átomo. Si encontraran uno, la física entera tendría que reescribirse. Y de algún modo, eso me reconcilia. Significa que esto que nos pasa —tener que soltar para avanzar, tener que despedirse para llegar, tener que dejar la orilla para cruzar el río— no es un fallo de fábrica del alma humana. Es una propiedad del universo. Lo comparten las tortugas, los cohetes y los enamorados.
La tortuga del documental llegó al mar. No me acuerdo del nombre de la especie ni del país donde estaba la playa, pero me acuerdo de las huellas. Eran lo único que dejaba atrás. Lo único que la había llevado hasta el agua.
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